SEMANA 2

Pontificia Universidad Javeriana
Información y Documentación

Bitácora 2.
Entré silenciosa y buscando con la mirada a mi amigo de clase alias ‘Parrita’. Estaba al otro lado del salón.  Cerré cautelosamente la puerta del aula y me senté junto a él. El profesor ya había empezado a hablar. Parrita me comentó que Cobos se había excusado por la cancelación de las clases anteriores. Acto continuo, el profesor empezó a explicarnos la razón por la cual le parecía tan importante llevar a cabo las bitácoras que debemos entregar cada ocho días.
‘La cultura del registro evita la perdida de información’, fue la frase con la cual empezó su argumentación. Mientras tanto, en mi cabeza, reflexionaba sobre la importancia de tener esta rigurosidad en mi segunda carrera, Antropología.
Dentro de este paradigma, que se enfoca en el estudio de las concepciones ontológicas y epistemológicas de diversas culturas alrededor del mundo, el trabajo de campo es la principal herramienta para la recolección de información. Ésta es básicamente un registro riguroso de lo que vemos, oímos, sentimos, etc. Así que lo que afirmaba Cobos tenía total sentido para mi. Si no existiese el registro de las comunidades amazónicas, tendríamos un vacío informativo en nuestra concepción de lo que es el amazonas como territorio habitado por unas culturas determinadas.
El profesor siguió hablando, exponiendo otros puntos que demostraban el bueno provecho que una le puede extraer al habito del registro. Dando pie para mostrarnos la frase, de lo que parece, marco un instante de epifanía en su vida; “La lectura hace al hombre completo; la conversación, ágil y el escribir, preciso.” (Sir. Francis Bacon).
Aquí se detuvo a desglosar parte por parte la frase. Explicó por qué la conversación nos hace agiles, por qué el escribir precisos y por qué la lectura nos completa. Todos parecíamos asentir con la cabeza, confirmando nuestra comprensión. Con la conversación nos volvemos agiles debido a que debemos estar atentos a lo que el otro dice, a la interacción, para poder responder. El escribir nos permite desarrollar la precisión debido a que nos obliga a esforzar nuestra mente para, de una u otra manera, materializar nuestras ideas de manera coherente. Y el leer nos completa, ya que nos cuestiona, nos exige a esforzar nuestra mente en donde debemos realizar un proceso de abstracción que muchas veces no se hace en la conversación o en el escribir.
Después de esto, el profesor hizo una breve reflexión sobre el enseñar y el aprender, contó una pequeña anécdota con el rector de un colegio, pero para ser honesta no soy capaz de relatarla y lo más frustrante es que no sé si no me acuerdo de la anécdota o en el momento en el que fue contada no puse suficiente atención. De nuevo pienso en lo bueno que hubiese sido haber tomado algún apunte en el cuaderno. ¡La cultura del registro muchachos! Eso me pudo haber facilitado los momentos grises en dónde la memoria me faya.
Habiendo explicado esto, Cobos nos pidió que agarráramos un computador. En ese momento, Parrita le pareció coherente que al yo estar 5 centímetros más cerca del closet de los computadores, debía ser yo la que se parara a traer, tanto el suyo como el mío. No le reproche, me levante y tome dos computadores.
Los encendimos. Cobos pidió que entráramos a nuestro correo institucional. En estas dos aparentes simples acciones nos demoramos casi 10 minutos. Algunos estaban despistados y no sabían la contraseña para iniciar el computador, a otros se les trababa y a otros no nos fluía el internet con la rapidez esperada. Cuando ya todos logramos acceder a nuestros correos el profesor nos preguntó si teníamos firma, no se el resto de los compañeros, pero yo no tenía ni idea de a qué diantres se refería, hasta que nos lo mostró en la pantalla proyectada en la pared del salón.
El profesor nos mostró, paso a paso, cómo crear la tan distinguida y aparentemente necesaria firma para el correo institucional, a continuación nos pidió que hiciéramos una para lo cual me demoré uno 8 minutos. Después de haberla creado le mandé un correo a Parrita, para comprobar que lo había hecho bien y además para ver cómo se veía.
Mientras elaborábamos nuestras firmas, Cobos aprovechaba para explicarnos un término que, aunque se me hizo lógica su existencia, nunca le había escuchado antes. Netiqueta, el buen comportamiento en la Web, que bueno hubiese sido saber de esto en esos controversiales días pre y post Plebiscito. Debo confesar, además, que la Netiqueta se convirtió en uno de mis temas de conversación durante el día siguiente, en verdad me entusiasme el descubrir la formalización de las reglas de comportamiento en un espacio que parece tan efímero, libre, y sobre todo des-normativizado como lo es la Web.
Luego nos pidió que creáramos un blog en el cual deberíamos subir nuestros trabajos, incluyendo las bitácoras. Aquí explicó la importancia de apropiarnos de nuestros nombres: “hoy en día, cuando a ustedes les hacen una entrevista de trabajo como comunicadores, la entrevista no dura mucho tiempo, luego van y les pegan una buena estolkeada, por eso es bueno que cuando la gente escriba su nombre en Google, pues vea que son gente pila, que tiene un blog, etc.” Mientras habría Blogger con mi nombre, Sara Mejía Bagarozza, pensaba en los blogs que cree a lo largo del colegio. Blogs sobre viajes, para la clase de inglés, para la de tecnología, sobre Bogotá, sobre música, de tareas, de animales, de unicornios ¿de qué no habré creado ya un blog? ¿Y ahora cómo hacía para recordar los nombres que les puse en tercero de primaria? En todo caso ninguno tenía mi nombre porque al crear el que nos acababa de pedir el profesor, mi nombre aparecía disponible.
Habiendo creado el blog, cree la primera entrada con la bitácora número uno. Posterior a esto el profesor nos pidió abrir nuestra cuenta de Twitter debido a que a través de ésta era que, no solo nos íbamos a comunicar a lo largo del semestre, sino que también la usaríamos para compartir los links de nuestras entradas en el nuevo blog.
Seguí al pie de la letra las instrucciones de Cobos, compartí mi primera entrada, etiquete la cuenta de la clase y esperé. No pasaron ni tres minutos cuando una amiga, muy fanática de Twitter respondió mi publicación. Abrió el link de mi bitácora, la leyó y acto seguido decidió burlarse públicamente, a través de un tweet: << "Cuando llegué entre al baño y me puse la piyama" SÍ CLARO. Todos sabemos que cuando entramos al baño después de clase es para hacer pupu>>. De lo que ella no se percató fue de que no solo me había respondido a mi, sino también a la cuenta de la clase: @inforydoc, por lo que sus tweets empezaron a aparecer en la pantalla proyectada en el tablero del salón.
En ese momento me percaté de que sería mejor compartirle el link al profesor de manera privada para evitar el matoneo de mis queridísimos amigos tweeteros.
Mientras que el resto de los compañeros compartían sus links, Parrita y yo decidimos viajar en el tiempo, e ir a ver nuestros primeros tweets, había mucho de qué abochornarse, mucho historial por eliminar. A la vez, recordábamos nuestras verdaderas vergüenzas y su ubicación: FaceBook 2009. ¡Esa es información que nunca debió haber sido parte de la cultura del registro!
Ya llegaba la hora del final de la clase, así que cerramos sesión en nuestros correos, blogs, facebooks, twitters, etc. Pasaron otros tantos minutos hasta que logramos que nuestro lerdos computadores decidieran apagarse. Recogimos nuestras pertenencias, ubicamos los portátiles en closet y salimos del salón.

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